sábado, 25 de septiembre de 2010

CUANDO CANTEN LAS VIOLETAS

CUANDO CANTEN LAS VIOLETAS

(Cuento por Crisanto Fernández Mejía)

PRÓLOGO

Era tan grande el amor de una madre, que aún después de muerta venía desde el mas allá, a contemplar a su amada hijita que en esta vida, a diario y con ansias; a la hora de marcharse hacia la escuela esperaba sus tiernas caricias.
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En un pequeño pueblo ubicado en las faldas de un volcán, vivió una familia de humildes campesinos. Ambrosio el jefe de familia, era jornalero de una finca de cultivos varios, y Hortensia su esposa se ocupaba de la confección por encargo, de ropa para niños. Les acompañaba la madre de Hortensia, de nombre Agustina cuya profesión era la de elaboración de flores y cortinajes para altares.
Este matrimonio tenía una hija; una pequeña hembrita llamada Andrea.
Todas las mañanas, la pequeña se paseaba con su madre entre los arriates contemplando la belleza de las flores de su pequeño jardín. Contemplaba con cariño unas lindísimas violetas ubicadas en jarrones especiales al final del corredor.
Los esposos no contaban con más familiares que Agustina, por lo que la niña permanecía casi siempre a solas en su casa.
Por las mañanas mientras el padre se encaminaba a su trabajo; Hortensia estaba en su maquina de coser y Agustina unas veces en la cocina y otras ya en su labor; la niña se bañaba y se preparaba para salir hacia la escuela. Por las tardes contaba con la única compañía de su madrina, una profesora llamada Rosario, vecina de ellos que muy amablemente la visitaba.
A la edad de cinco años la pequeña Andrea quedaba huérfana de madre a causa de la presencia de un tumor cerebral de carácter invasivo detectado a su madre Hortensia un año antes, enfermedad que en poco tiempo la llevó a la muerte.
Toda la familia, la niña inclusive aceptó con resignación aquel irremediable deceso ya anunciado por el médico.
Un año más tarde, Andrea estudiaba su año de preparatoria en la escuela. El día del sexto cumpleaños, al salir ella del baño se encontró con su madre que la esperaba junto a la puerta del mismo.
Una hermosa señora vestida de blanco la esperaba con los brazos abiertos
¡Mamá! ¡Mamita mía! ─ exclamó emocionada la niña mientras sujetándose con una mano la toalla que la cubría; corría a los brazos de su madre.
─ ¡Hija mía! ¡Aquí estoy contigo! ─ respondió Hortensia mientras la estrujaba con cariño contra su pecho.
─ Ve a traer tu ropita; te voy a vestir ─ expresó la madre.
La niña corrió a su cuarto, por la ropa y zapatos.
Instantes después la niña estaba completamente vestida, cuidadosamente peinada su cabellera, y lista para salir hacia la escuela.
─ Bueno hijita. A nadie digas que me has visto. De ahora en adelante regresaré todas las mañanas, y siempre que me necesites llámame en silencio que acudiré a tu llamado. Que Dios te bendiga hijita; y estaré aquí mañana contigo.
─ No se vaya mamita. Quédese conmigo ─ suplicaba la niña.
─ No hija. Por ahora no es tiempo todavía. Dios decidirá ─ respondió.
─ Lléveme adonde esta usted ─ insistía la niña con tristeza.
En ese momento la niña había dirigido inconscientemente la mirada hacia las violetas; gesto que la madre observó con ternura.
─ ¿Y cuando me llevará con usted? ─ volvió a insistir Andrea.
La madre la tomo de una mano y la encaminó hasta frente a los jarrones de las violetas, de las que la niña no apartaba misteriosamente su mirada. Y señalando aquellas flores exclamó ─ ¡Hijita! ¡Cuando canten las violetas! ¡Entonces vendrás conmigo!...Mañana estaré nuevamente contigo.
Una vez expresada esta frase, aquella silueta comenzó a desvanecerse junto a los geranios, caléndulas y hortensias. La niña contemplaba impávida, y con misteriosa y pasiva singularidad como su madre se ocultaba entre las flores hasta perderse en un mundo para ella desconocido.
Minutos más tarde, Rosario, la maestra y madrina de la niña llegó hasta ella y preguntó ─ Hija ¿qué tal? ¿Ya te desayunaste?
¡Buenos días maestra! ¡Si! Ya estoy del todo lista ¿Nos vamos? ─ respondió Andreíta.
¡Bien! Despídete de tu abuela ─ indicó la profesora.
Después de despedirse de la abuelita; la niña tomada de una mano de su madrina caminaba con suma alegría dando pequeños saltitos a un costado de su maestra.
Cuando la niña tenía dos años el médico había detectado un pequeño tumor benigno (no heredado de su madre) en su cerebro. Hizo saber a los padres que la tierna Andrea no viviría más allá de los diez años de vida ya que aquella infección a esa edad causaría la muerte inexorable de su hija.
La familia de la niña; inclusive la madrina, oraban diariamente por la salud de madre e hija en aquel hogar. También Hortensia oraba a solas, por su propia salud, y la de su pequeña hija. Pero por obra del destino, ella se adelantaría en el camino a esperar a su hijita en el cielo.
Pasó el tiempo. Andrea cursó hasta tercer grado. Recibió su certificado un día viernes. Al día siguiente, sábado; asistieron muy de mañana a la santa misa con su padre y su abuelita.
Diariamente a la misma hora de la mañana, al salir del baño se encontraba con su madre frente a la puerta del cuarto.
A la mañana siguiente; de la misma manera que sucediera cinco años antes; ahí estaba la visitante, visita que ya la niña esperaba.
¡Mamita buenos días! ─ saludó con una alegre sonrisa.
¡Hijita, buenos días! ─ respondió la madre ─ ¿Cómo est…?
─ ¡Ah mamita, espere un momento ─ interrumpió la niña mientras corría hacia el dormitorio. Inmediatamente salía con el certificado de tercer grado en sus manos.
¡Mire mamita! ¡Este es el certificado de tercero que me dieron ayer! ─ dijo mientras colocaba en manos de su madre aquel documento.
─ ¡Ah si! ¡Te felicito mi amor! ─ contestó Hortensia mientras recorría con la vista aquellos renglones, y luego lo regresaba a sus manos.
Andrea tomo de nuevo aquel trofeo, y lo depositó sobre una mesa y corrió a cortar una violeta, y la colocó sobre el mismo como para que la brisa no lo arrastrara.
─ Mira hijita. Ve a arreglar bien tu camita, y regresas. No traigas ninguna ropa ni zapatos ─ recomendó la madre.
Así lo hizo la pequeña Andrea sin pronunciar ninguna interrogante.
Al salir de nuevo junto a la madre; ella la vistió con un lindísimo traje de primera comunión, con su diadema que puso sobre sus sienes, y un ramo de hortensias que la niña tomó entre sus brazos acariciándolo contra el pecho. En ese instante…una bellísima y desconocida melodía se dejó escuchar por todo el jardín… y luego invadió el silencio y quietud de toda la casa.
Andreíta y su madre caminaron hasta posarse frente al multicolor conjunto de lindas violetas Ese momento parecía que aquellas flores se incorporaran entre sus hojas y sus tallos, y de aquel conjunto de colores se escuchó como un coro de Ángeles entonando melodiosas alabanzas, pero con frases que la niña no comprendió.
─ ¡¡¡Mamá!!! ¡Mamita! ¡Las flores están cantando! ¡Que linda melodía! ─ exclamó la niña con asombro pero con inmensa alegría.
─ ¡Si Andreíta, hijita mía! Ya cantaron las violetas. Ahora juntas estaremos en la Gloria Celestial. Dios, Nuestro Padre te está esperando para ensanchar su ejército de Ángeles en su divina y Eternal Mansión.
Desde aquel instante Andreíta ya no pertenecía a este mundo. Nadie se dio cuenta del momento de su Tránsito hacia su nuevo y eterno hogar.
En el preciso momento en que Hortensia vestía a su hijita; como por un instinto, o algo sobrenatural: Agustina recordó que ya era tiempo que la niña se levantara de su cama, aunque no era día de asistencia a la escuela.
Corrió hasta la camita pero; ante los ojos de Agustina; la niña ahí estaba cubierta hasta el pecho con su sábana, por lo que desistió de despertarla, y se encaminó de nuevo a su labor.
Ambrosio, también se sintió agobiado por un presentimiento extraño, y lo comunicó a su jefe. Este muy gentilmente le sugirió encaminarse a su casa por algún imprevisto que ocurriera en ella ese momento.
Milagro la vecina de la familia que siempre le colaboraba en su trabajo a Agustina, también por el mismo motivo acudió ese momento a investigar que podía haber sucedido en aquella casa.
Cuando Ambrosio llegó a la casa, junto a Agustina se dirigieron al lecho de Andreíta. Ella tomo una manita de la niña pero; desgarrando un grito de angustia y cubriéndose el rostro con las palmas de las manos exclamó ─ ¡Ambrosio! ¡La niña está muerta! Hace un momento vine a verla y no quise despertarla por que me pareció que aún dormía.
Ambrosio que ya esperaba este momento, también se cubrió el rostro con ambas manos mientras dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas. Con tristeza pero con resignación volvió a ver hacia un costado del cuarto; en una pared había un calendario; el que de inmediato consultó. Luego se dio cuenta que el doctor no había mentido; ya que según sus notas; desde hacía dos días…esperaba este deceso.

Así Dios en su infinita bondad; se manifiesta ante sus hijos, desentrañando sus misterios que ningún humano jamás haya logrado descifrar; por que al comunicarse con nosotros sus hijos; en cualquier momento de nuestras vidas también encontremos el verdadero camino hacia Él, siempre que estemos atentos para CUANDO CANTEN LAS VIOLETAS.


CUANDO CANTEN LAS VIOLETAS
(del cuento del mismo nombre y autor)

Cuando canten las violetas
Que no está lejos el día
Solo entonces vida mía
Tú vendrás a mi mansión.
Cuando canten las violetas
Reinará nuestra alegría
Y una dulce melodía
Vibrará en tu corazón

 ¡Oiga madre! ¡Esos cantares!
Entre flores y las palmas
 Si amor mío; en nuestras almas
Hoy todo es felicidad.
Ya cantaron las violetas
Y hasta Dios hoy llegaremos
En su seno gozaremos
Por toda una eternidad.

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